sábado, 20 de enero de 2018

¿QUÉ ES EL PURGATORIO?




Muchos católicos no saben bien qué es eso tan misterioso que llamamos Purgatorio, porque lo hemos escuchado de pequeños en la catequesis, en casa, en algunas oraciones, etc.


Respondiendo en pocas palabras, el Purgatorio es el estado en el que van todas las almas, que, aún muriendo en gracia de Dios, no han llegado en su vida a purificar el daño que han ocasionado con sus pecados.

Pero... ¿De qué hay que “purgarse”? ¿No se supone que se nos perdonan todos los pecados en la confesión?

Con la confesión quedan perdonados nuestros pecados y quedamos libres del castigo eterno que nos merecíamos. Pero la confesión no repara el daño que hemos ocasionado. Ése, debemos repararlo nosotros con nuestras buenas obras o con nuestro sacrificio.

Entenderlo es tan fácil como pensar que rompimos un vidrio de la casa del vecino. Corremos a su casa y le pedimos perdón. Nuestro vecino nos perdona de todo corazón y seguimos siendo tan amigos como antes. Pero... ¡el vidrio sigue igual de roto!

Los que aún estamos vivos, podemos reparar el daño que hemos ocasionado con los grandes medios que nos ofrece la Santa Madre Iglesia como los sacramentos, la oración diaria a Dios, las obras de misericordia, la predicación de la Palabra de Dios, las indulgencias plenarias, la vida de caridad y de santidad.



El otro modo, que es la forma menos recomendable para reparar la pena temporal, es pasar por el Purgatorio.


Cuentan de santos que han tenido la visión del Purgatorio que hubiesen preferido sufrir lo más terrible de esta vida por mil años, que estar un solo día en el Purgatorio. Allí se va para una purificación en profundidad, una limpieza que cuesta grandes pesares y malestares, pero necesaria para nuestra buena salud.



El purgatorio existe, debe existir porque nadie entra a las Bodas del Reino de los Cielos con la piel y la ropa llena de mugre. Es necesario entrar con el mejor vestido. Y en donde se nos lava hasta el punto de quedar dignos para el paraíso y con el traje adecuado, es en el Purgatorio. Nadie nos obligó a ensuciarnos, lo hicimos por libre disposición. Pero si queremos ser buenos invitados, no se nos ocurrirá entrar indignamente presentados, desearemos estar limpios, muy limpios, como se merece el Esposo de las Bodas.


El Purgatorio, por tanto, existe y es más que un lugar, es un estado de purificación, con un fuego que nos arrancará nuestros errores de raíz y los disolverá en su fuego, con el dolor de los que se sanan de una herida.


No es para nada igual que el Infierno, pues en el Infierno reinan el odio y la desesperación eterna y en el Purgatorio reinan el amor y la esperanza, la firme convicción de la salvación eterna. Todo allí será sufrir pero sólo para lograr amar verdaderamente al Señor que nos esperará con los brazos abiertos en su eterno Convite Celestial.

jueves, 18 de enero de 2018

Algunas caídas.


No estamos en el Cielo sino en la tierra, y como mortales que somos, es lógico que tengamos algunas caídas, pecados que cometemos de vez en cuando o muy seguido.
Pero a no desanimarnos pues el Señor no ha venido para los justos sino para los pecadores, para nosotros; y debemos recordar que si bien no hay que pecar jamás, también es cierto que las caídas que solemos tener nos ayudan a mantenernos humildes, a darnos cuenta de que somos de barro y débiles.
Es justamente en la debilidad donde debe triunfar la fortaleza de Dios, y nunca debemos quedarnos caídos, sino levantarnos pidiendo perdón a Dios con un acto de sincera contrición con el firme propósito de confesarnos cuanto antes con un sacerdote.
Entonces, si hacemos así, nada nos detendrá en el camino del bien, porque hasta las mismas caídas nos servirán para tomar impulso y ser mejores en adelante, al menos seremos más humildes, y nos tendremos por pecadores y no estaremos ensoberbecidos de creernos justos.
No hay que pecar jamás. Pero si caemos en pecado, esto nos debe servir para ascender, reconociendo que somos nada y que es propio de nuestra naturaleza el pecar, y de Dios el perdonar.
¡Cuánto aprecia Dios un acto de humildad del pecador que se arrepiente! ¿No ha dicho el Señor acaso en su Evangelio que en el Cielo hay más alegría por un solo pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse?
Pues bien, después de haber pecado no cometamos el error funesto de alejarnos de Dios, sino corramos a Él, con lágrimas en el corazón pidiéndole que tenga compasión de nosotros, de nuestra debilidad. Y seguramente Dios nos abrirá las puertas de su Misericordia y habrá gran fiesta en el Cielo por un pecador que vuelve al camino de la gracia.

domingo, 14 de enero de 2018

ORACIÓN POR UN ENFERMO



ORACIÓN POR UN ENFERMO


Señor Jesús, aquel (aquella) a quien amas está enfermo (a).


Tú lo puedes todo; te pido humildemente que le devuelvas la salud.


Pero, sin son otros tus designios, te pido le concedas


la gracia de sobrellevar cristianamente su enfermedad.


En los caminos de Palestina tratabas a los enfermos con tal delicadeza


que todos venía a ti, dame esa misma dulzura, ese tacto


que es tan difícil de tener cuando se esta sano.


Que yo sepa dominar mi nerviosismo para no agobiarle,


que sepa sacrificar una parte de mis ocupaciones


para acompañarles, si es su deseo.

Yo estoy lleno de vida, Señor, y te doy gracias por ello.


Pero haz que el sufrimiento de los demás me santifique,


formándome en la abnegación y en la caridad.


Amén

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